Para ser un poco más equitativa y no
victimizarme tanto, debo reconocer que no he sido la Santa Todotelotolera con
JJ. Cuando se detecta que del otro lado no hay intenciones de modificar ningún
tipo de actitud y que cuando se habla de “terminar” o de “tomar un tiempo” en
la pareja a modo de solución, él no se dejaba dejar. Fue ese el momento en el
que pensé: “Bueno, ya te cansarás, cariño”. Así esperé, erróneamente, que él
decida cortar la relación.
Después de más de dos años juntos,
digamos que, “el horno no estaba para bollos y llegado a un punto de saturación
importante, tuve mis momentos de “pequeñas venganzas”. Se trataban de pequeñas
“cositas” que solo yo entendía y me divertían mucho.
JJ iba cuatro veces por semana a la facultad y esos días
que cursaba volvía tarde, alrededor de las once de la noche, más o menos.
Lógicamente llegaba con un hambre voraz. Con o sin hambre, JJ ya venía “per se”
bastante pesado con el temita: “comida”.
Por mi parte, la comida, me pasaba bastante inadvertida más
viviendo sola y, de todas las artes culinarias, en la gastronomía no me destaco
en absoluto, sumado a que en ese momento no me importaba destacarme y tampoco
le ponía mucha garra para superarme.
La verdad es que poco me importaba que JJ estuviese
contento con sus ingestas. Además de mi “cero” onda con la cocina no puedo
dejar de reconocer que tengo un grave problema a la hora de ponerle sal a la
comida. Me caracterizo por arruinar comidas por exceso de sal. La protesta de
JJ por mi pasión a la hora de salar la comida era todo un clásico. Pero, como
aprendí de mi madre, no hay nada mejor que una importante cara de orto en el
momento de la cena ante cualquier crítica a la comida. “Una buena cara de orto
vence cualquier intento de critica”, sabelo.
Vuelvo a JJ, a su facultad y sigo. Como
JJ volvía tan tarde de su facultad muchas veces yo comía antes pero lo esperaba
con la comida lista como toda buena novia hace. Un día con pocas opciones en la
heladera intenté hacer algo diferente con lo que tenía, pero no me salió.
Lo primero que hice fue agarrar un librito de cocina, como
siempre hago y busco cómo se hace la salsa blanca. Me pareció que con unos
fideítos iba a ser un manjar. Básicamente la receta nombraba dos ingredientes
claves: leche y maicena, estos dos elementos se mezclaban a fuego tranqui y “chau
pinela”, ¡es una papa hacer salsa blanca!, pensé. Bueno, es una papa si tenés
leche y maicena pero si no tenés los ingredientes, ¿qué haces?, yo te lo digo
porque me hago la chica práctica y moderna, aunque no me salga siempre. Maicena
no tenía y en su lugar puse harina, es lo mismo o parecido, pensé. Leche
tampoco tenía, bue, tenía más o menos, había leche en polvo, así que la mezclé
con agua porque se hace de esa forma la leche en polvo. Siguiendo las
instrucciones del libro, también le puse sal y pimienta, decía nuez moscada
pero no tenía idea de qué era eso. Sal puse muy poquita así JJ no me decía nada
y evitaba al menos una protesta. ¡Ay! también decía que la salsa blanca, lleva
manteca pero solo un pedacito y no me pareció muy relevante ponerle un
“pedacito” nada más, si es un pedacito tan chiquito, que tenga o no manteca no
se iba a notar. Tampoco tenía un paladar tan refinado JJ, de más esta
aclararlo. Le ponías un adoquín y cenaba adoquín.
Así hice la salsa blanca. La hice, si,
pero jamás pensé cual sería el resultado, lo juro. Aunque el resultado de mi
adaptación libre de la receta no me importó demasiado.
La probé y era incomible, realmente espantosa. En ese
momento lo mejor era consultar a una experta y la llamé a mi abuela desesperada
esperando que diga alguna forma de salvar esa maldita salsa. Le cuento con todo
detalle lo que hice y cómo reemplacé los ingredientes. La abuela Merce me
escucha atenta y me dice lapidaria: “¡Eso es engrudo, Paulita!” “Te quedó
harina y agua, es engrudo ¡tirálo ya, nena!”. “Gracias abuela, ahora lo tiro”,
le dije, pero en mi frente se habían clavado unas luces de neón que titilaban
diciendo: “ni en pedo lo tiro, ni en pedo lo tiro. Todo mi tiempo invertido
esta salsa no va a terminar en la basura”
¡Má sí!, que la coma igual, me niego rotundamente a que mi
esfuerzo culinario termine en la basura.
Mi negación a tirar la salsa solo duró hasta que JJ llegó
de la facultad con un hambre importante. Creo que si le ponía las fichitas del
Ludo Matic se las comía igual que canapés.
Llega JJ, lo saludo y con mi mejor cara
de poker, agarro un librito y me voy para la cama. No quería estar cerca en el
momento que comiera el primer fideo.
-
¿Ya te vas a dormir, gorda? ¡Qué
raro! ¿Por qué no te quedas conmigo mientras ceno, como siempre?
-
¡Ay! Tengo mucho sueño hoy JJ. Si
vos comes todo en un segundo, en seguida estas acá en la cama. Comé, que seguro
tenés hambre. Te hice fideos con salsa blanca y están en el microondas ya en el
plato, la mesa esta lista, dale unos segunditos a los fideos y listo.
-
¡Uy! ¡Nunca me hiciste fideos con
salsa blanca, gorda! ¡Parecen ricos estos fideos, Paui! ¡Tienen una pinta! * parecen,
solo parecen, probalos y vas a ver” ¡Ay!
me sentía una pequeña Yiya Murano*
-
¡Que suerte que te gusten, mi
amor!, le dije.
-
Mmmm, los pruebo y te digo cómo
están, amor.
Pasaron unos segundos y dejé de ser Paui para pasar a ser
PÁula *acentuaba mucho las primeras dos letras de mi nombre cuando se enojaba*.
-
Ésto es incomible, PÁula! ¡No es
salsa blanca, nena! ¿qué hiciste?
-
¿Ah, no? ¿cómo que no es salsa
blanca, JJ?, ¿me vas a decir a mi lo que cociné, nene?
-
Si sos tan cocorita, ¿por qué no
venís y la probás?
-
¡Uy! Ya no sabes con qué pelearme.
¡Sos insoportable con la comida, flaco! Comé y no me molestes más.
-
¡Comé, PÁula! Dale, proba uno,
¡probá!
-
¡Salí de acá, no vengas con la
comida a la cama, nene! Tanto quilombo por un plato de fideos, cómo se nota que
no tenés hambre. Seguro que no aguantaste en la facultad y te clavaste un paty
antes de venir, ¡seguro! Si te conozco bien yo, JJ.
-
Nena, esto es una cagada,
¿entedés? Una reverenda CA-GA-DA, no lo puedo comer, no lo puede comer nadie,
no pasa. Encima, me querés hacer creer que yo soy el equivocado y jodido con la
comida, ¡eso es lo que más me saca Paula!
-
Mirá JJ, vos venís sacadito de
antes. Seguro chupaste cerveza por eso estás tan irritable. Salí de la pieza
con esa olla, rajá de acá, por favor.
-
¿Ahora soy borracho? ¡Vos no tenés
cara Paula!
Da un portazo mal y se va de la pieza. *Por
dentro pensaba: “comé y no jodas más. Gracias que cociné. Comés tantas
porquerías, nene. Esos patys en la cancha de racing que con la cantidad de
gérmenes que tienen van solitos caminado hasta la parrilla para cocinarse. Si
sos inmune a todo” Pensaba todo esto pero también sabía que él tenía razón. Igual,
pelearlo así me divertía un montón*
Al toque escucho ruido en la cocina, abría y cerraba las
alacenas, la heladera, los cajones, todo. Sentía ruido de que estaba haciendo
un quilombo bárbaro y gritando desde la pieza le pregunto:
-
¿Se puede saber qué haces en la
cocina JJ? ¡Mirá la hora que es!
-
Busco algo para comer Paula, no
sé, una salchicha, ¡algo! ¿no hay nada, nena? ¡no puede ser!
-
Hablame tranquilito a mí, primero,
¡eh! No, no hay nada para comer.
-
¿Y más fideos? ¿no quedaron fideos
sin hacer?
-
Los use todos, JJ. Yo te dije que
teníamos que ir a Coto, te lo dije el martes, pero vos no me das pelota cuando
hablo. Ahora, ¿podés comer un poco de los fideos que te hice? haceme ese favor,
¿puede ser?
-
Eso es una mierda, nena. No es
comida. No los pienso comer.
-
Y, ¿qué haces ahora?
-
Estoy llamando a “Vitorio”, la
pizzería. Tus fideos no se pueden comer, ¿cuándo lo podrás entender, Paula?
-
¿Y? ¿te atendieron?
-
No, son unos gallegos de mierda
que no quieren laburar, ya cerraron seguro.
-
No son gallegos, “Vitorio” es
italiano.
-
¡Una mierda me importa la
nacionalidad de esos putos!
-
Bue, basta, ¡me cansaste! ¡Comé
los fideos que te hice!
-
Es que los tiré a la basura.
-
¿Me estas jodiendo? ¿en serio?
Entonces, ¡jodéte! ¡Jajaja! ¡Sos un mal agradecido! Ahora quedate con hambre.
La próxima vez cocinate vos. Sino andate
a los gallegos de “Vitorio”, ¡jaja!



