No sé para qué es esto pero postié lo mas me gusta

lunes, 17 de enero de 2011

Un cortadito en tacita rosa, por favor.


 


Con el tiempo JJ se puso cada vez más insoportable y pesado con algunos temas. “La ropa” era uno de esos temas. Bueno, la ropa no, “mi ropa” era uno de esos temas mejor dicho. 

Esta obsesión de JJ por “mi ropa” arrastraba otro problema, más profundo y mucho más conflictivo todavía. Ese problema eran los celos. Tanto “mi ropa” como “los celos”, siempre me resultaron temas muy oscuros, un tanto bizarros y extremadamente peculiares. En realidad, JJ era un maestro para generar un problema de lo que no era, eso que era simple y sencillo lo transformaba en algo complicado. Desde mi punto de vista, con el tema, el problema era él, o de él, no era mi problema y jamás pensé en hacerme cargo de los planteos pelotudos de JJ. Lógico que para JJ era mucho más cómodo cargarme el problema a mí antes que hacer un mínimo intento de autocrítica.



El tema de mi ropa me resultaba extraño porque siempre me vestí igual, con la misma onda, antes de conocerlo, cuando lo conocí y estando de novia con él. No hice ningún cambio de look radical, por eso jamás entendí la exigencia que intentaba imponerme JJ. ¿Por qué un cambio de vestuario?, ¿por el mero hecho de ser novia?, ¿porque “la relación” crecía?, bue, ponele que crecía.

JJ desarrolló una gran neurosis alrededor de mi ropa y, paralelamente al tema de mi ropa estaba el tema de sus celos. Celos que, para mí, eran realmente inéditos, además de infundados. A sus celos les aplicaba un razonamiento tan extraño como inédito para mí. Digo extraño como sinónimo de rareza, porque eran muy diferentes a los celos que demostraron, muy pocas veces algún que otro noviecito anterior.

Pero los típicos celos, ¿cómo son?, yo te lo digo. Son algo así: con los típicos celos sentís miedo de perder a la persona con la que estás. Sería el miedo a que esa persona se vaya con otro o con otra, por eso cuando un tipo se hace el seductor con tu chica, por ejemplo, lo querés matar, y si sos mina te pasa más o menos igual. 

Bueno, señoras y señores en JJ los celos no responden a ninguna definición convencional, no responden a ningún patrón ya conocido en celos, es más, los celos de JJ nada tienen que ver con lo ya conocido en celos.


Los celos en JJ: son el temor a quedar como un pelotudo, usando textuales palabras de él. Los celos surgían así, cuando JJ expresaba, de la nada, quizás en medio de una fiesta en la que la estábamos pasando bárbaro, de repente decía algo similar a esto:


- Paula, esta pollera no te la ponés más, te lo aviso. Te marca mucho el culo, te lo están miran mucho y me hacés quedar como un pelotudo.

- Pero vos sos un pelotudo, me ponga o no esta pollera, mi amor.

- A ver, ¿qué hago?, ¿te aplaudo el chiste?, ¿te saco los ojos del forro ese que le quedaron pegados en tu culo de tanto que lo miró?, a ver, decime, ¿qué hago, Paula? Es corta la bocha Paula, tenés que entender que no me gusta que te miren el culo, quedo como un flor de pelotudo, nena.

- JJ, no mira nadie, estas chupado vos. Además, antes de ponernos de novios yo usaba esta pollera, me la viste puesta un millón de veces. Si me habrás mirado el culo vos y nunca me dijiste nada, nunca me enteré.

- Ver, lo que se dice ver el culo no, te lo habré relojeado a lo sumo.

- ¡Sos un exagerado! La pollera es re común, no es de lycra apretada matambre, ¿qué soy?, ¿la Pradón?, ¿soy la Pradón? Avisame ya si soy la Pradón que algún mango extra levanto. Decí la verdad, tampoco me queda tan apretada como vos decís, ¡como te gusta el quilombo!

- Esto es simple y te enroscas, Paula, ¿qué me importa si te conocí con esta pollera, si naciste con esta pollera puesta o te la compraste la semana pasada? ¡No te la tenés que poner mas, Paula! ¿tánto te jode?


¡Siii, tanto me jode, nene! Me jode muchísimo, porque no tengo el placard de Paris  Hilton. A parte, acá lo importante, al menos para mi, es que a JJ no le calentaba si el que me miraba el culo me proponía matrimonio, ¡no! A JJ sólo le importaba no quedar como un pelotudo, cosa rara. Al que miraba nunca le decía nada, se la agarraba conmigo sin piedad, ¡eso es inédito! Por eso nunca le dí mucha bola.

En fin, diálogos como el anterior tuve miles y la verdad es que SI, me re jodía, me jodía mucho, pero mucho, mucho me jodía que se meta con mi ropa, ¡me reventaba! El lado femenino de JJ era tan nulo, que aparentemente no sabía que las mujeres nos enamoramos de la ropa que nos queda bien (que en mi caso es poca). 
Cuando las mujeres sentimos que algo nos queda bien, pero verdaderamente bien, nos lo queremos poner siempre, sin importar el clima, la ocasión, la moda, lo "in", lo "out", o si otra mina lleva puesto exactamente lo mismo. Cuando algo nos gusta no nos importa NA-DA. ¿Cuánto?, ¿35°?, ¿y la térmica?, ¿cuánto hay de térmica hoy?, ¿40° de térmica? ¡No pasa nada! Vas con las botitas cortitas que te compraste la semana pasada porque con el short blanco te quedan diviiiinas. Y así vas, aunque te deshidrates caminás estoicamente, con esos insoportables cuarenta grados de sensación térmica. Te sentís una verdadera diosa caminando por la peatonal Florida que esta plagada de gente, es un hormiguero porque es 23 de diciembre y todo el mundo esta comprando los regalitos para el arbolito. Vas orgullosa porque esas, sólo esas botas te quedan tan bien con “esos” shorts que ni el espejo importa, lo único que importa es como vos te ves en el espejo y te ves hermosa.

¡Así somos! Nos gusta la ropa. A los hombres también, creo, pero nosotras ponemos en la ropa una carga emocional muy fuerte. ¡STOP! Acá paro un segundo, aclaro, me sincero y reconozco que también me gusta vestirme para gustarle a “él”, a ese tipo que te parte la cabeza en dos, uno de esos existe siempre en la vida de toda mujer. En este caso ese hombre era JJ.


Bueno, vuelvo de nuevo al relato, JJ siempre tenía algo que acotar en relación a la vestimenta. Atención, estoy hablando de un hombre que dijo esto:

- Tratá de no ponerte esto, ¿podrás o será mucho pedir? -mientras me hablaba agitaba con su mano derecha mi traje de baño minutos antes de ir a la playa-

- Opción 2, JJ

- ¡¿Eh?!

- Opción 2, nene. Dijiste, ¿o será mucho pedir?, si, es mucho pedir. A ver si me entendés mínimamente en algo: no puedo evitar ponerme traje de baño para ir a una playa. Es como lo más apropiado para este tipo de lugar llamado “playa”, ¿entendés JJ?

- ¿Vos me tomás por pelotudo a mí?

- ¿Vos querés que vaya a la playa con un mameluco?

- Todo es joda para vos, ¿no?
- JJ, me decís que evite ponerme “esto” y “esto” es lo que tenés en tu mano derecha, ¿qué hay en tu mano derecha? ¡mi bikini! Hay cosas tácitamente impuestas, nene, al campo se va en zapatillas, a la playa se va en malla y así mas o menos funciona. Nadie pone un cartel aclarando estas cosas pero se saben.

- No te hagas la socióloga conmigo...¡que barbaro! ¿ves que no nos entendemos? Yo no dije: “no vayas en malla”, yo dije: “evitá esta malla”. ¿No tenés una que te tape más?

- Es como yo digo, ¡querés que vaya en mameluco, flaco! ¿Sos el padre Farinello ahora?, ¡Me muero acá!, ¡Me muero acá, ya!

- Vos sola dijiste mameluco, nena. ¡No tenés criterio!


Así nos incomprendíamos todo el tiempo, pero una mañana fue especial, mas que nada por la manera en la que se fueron dando los hechos.


Una mañana me despierto repentinamente por los ladridos de Luna que estaban al palo, me levanto para hacerla callar y siento el ruido de una lustradora en el pasillo. Me quedo paralizada medio segundo, un poco dormida y un poco despierta, intentando, con mucho esfuerzo, que al menos un par de neuronas me ayuden a entender qué estaba pasando. Miro para todos lados y veo que entra mucha luz por las ventanas y ahí asocio: la lustradora era el portero limpiando el pasillo, si limpia el pasillo, ya limpió la calle y entonces ¡era tardísimo la puta madre!

Corro hacia la pieza y veo que eran las nueve de la mañana, ¡a esa hora entraba a trabajar! Vuelvo a mirar el despertador más detenidamente y veo que la aguja de la alarma estaba en el número seis. ¡Otra vez! JJ se olvidó de poner la alarma a las siete y media de la mañana para mí, ¡conchasumá! Él entraba más temprano, ahí me acordé por eso se levantó a las seis de la mañana.

¡Qué hombre! ¡¿cuándo se va a acordar de algo?! ¡¿cuándo?! No sé qué podría acordarse, pero de algo,  de cualquier cosa, un mínimo de recordación tiene que tener este muchacho. Aunque sea que se acuerde que no vive solo.

Era muy tarde y empecé a vestirme, me lavé los dientes, me arreglé el pelo, todo eso lo hice a una velocidad increíble pero antes de salir me miro en el espejo y veo que en la pollera blanca que tenía había una tremenda mancha de Nesquik. ¡No lo podía creer!

¿Cómo llegó esa mancha ahí? Sí, me pregunté bien, cómo llegó, no, quién la manchó. Era obvio quién la había manchado. Traté de hilar hechos y esa pollera la había separado la noche anterior, planchada, la dejé sobre una silla del comedor, donde la encontré. No, no, no. No encontraba ninguna explicación y mientras pensaba eso con una mitad de mi cerebro, con la otra mitad intentaba imaginar qué me podía poner para ir a trabajar, ¡ya!

Miraba el placard, pasaba percha por percha, mi mente estaba en blanco, parecía que nada era apropiado para llevar al trabajo. Pasó la percha con el jean que me había puesto el día anterior, también pasó la ropa de siempre porque es la que llevaba “siempre” y por eso la quería evitar. No encontraba nada y peor aún, veía pasar cada tanto una percha con “ropa prohibida”. ¡Paren! ¡Paren todo! ¡Eu! ¿él prohibiéndome a mí? ¿y mi parte de mujer independiente dónde estaba quedando? si, en una percha, capáz ¿no?. Además un millón de veces le repetí que por cada prenda prohibida compre una en reemplazo y jamás compró nada (por eso se lo decía), entonces flaco, bancatelá.

Retrocedí una percha y ahí estaba, el pantalón rosa que yo tanto amaba y hacía tanto no me ponía. Lo “amaba” porque sentía que me quedaba perfecto. No sé si me quedaba bien o no, pero “yo” me veía bien y eso ya alcanzaba para que me encante mi pantalón rosa.

Paralelamente seguía pensando cómo podía haber caído Nesquik sobre mi pollera que estaba en la silla del comedor, si JJ desayunaba en la cocina. No entendía cómo se manchó. Además, ¿JJ la vió manchada o no? ¿se hizo el boludo? mmmm, siii, ¡seguro la vió! Dejame un cartelito avisando que se le manchó la pollera. Pero de qué hablo si no me puso ni el despertador. ¿Se habrá probado la pollera? ¡Jaja! Pago por ver.

¡Uy! Ese pantalón rosa JJ lo odió siempre, desde el día que lo estrené. Fue para el bautismo de su ahijado, el rechoncho hijo de su hermana, Robertito. Ese día, segundos después de haber pisado la casa de JJ, bastó que la abuela me vea y me diga con voz de chica pícara y con tintineo de ojos: “pero Paulita, ¡cómo te marcan la cola esos pantalones! ah, pero te quedan bien, vieja, te quedan bien”, ¿viste esas viejas que te dicen “vieja”? pero no como decir “eh, viejita”. Esas viejas me caen mal. Ay, me resulta muy detestable.

Como reinaba el matriarcado de la Poro, cuando me dijo así JJ los quería prender fuego para el próximo asado. 
La verdad es que no eran tan ajustados y no marcaban tanto tampoco. Es más, ajustaban un poco la parte de la cola y de la cadera, ponele, pero después eran rectos, ¡no eran calzas! Un detalle, peso 43kg, todo es puro delirio, ¿dónde tengo “el culo” en mis 43kg?, no hay tanta pulpa como JJ dice. Todo surge porque mis pantalones tienen la culpa de que él quede como un pelotudo.

Masí, me lo puse y fui a trabajar.


Mucho no me lo quería cruzar a JJ por la empresa porque no tenía muchas ganas de que me enferme la cabeza. Si me llegaba a decir algo del pantalón, por más mínimo que sea, iba a saltar directo a su yugular para que me explique cómo llegó la mancha de Nesquik a mi pollera y ahí se pudría todo mal porque también le sumaba el reclamo por la alarma del reloj que nunca puso.

Habiendo llegado tarde a laburar lo que menos necesitaba era un cuestionamiento de JJ, inevitablemente, veía en mi futuro cercano una flor de cagada a pedos por parte de mi jefe.

Para no cruzarme con JJ lo mejor era ir al bufet pasada la hora del almuerzo, así que bajé a almorzar alrededor de las tres de la tarde.

El bufet tenía un mostrador en donde se hacía el pedido, pagabas en un costado y te llevabas tu almuerzo en una bandeja para sentarte a comer en una de las mesas que había ahí. Enfrentados al mostrador, al final del comedor había dos espejos muy grandes en lugar de pared.


Es fácil imaginar que mientras pedía y esperaba mi almuerzo les daba la espalda a las mesas del comedor.

Cuando entré quise pasar lo mas inadvertida posible y sólo lo miré a Jorge, que atendía detrás del mostrador. Pido un sándwich, así no esperaba mucho, me sentaba al toque y comía rápido. 
Pero mientras esperaba el sándwich escucho de fondo la voz de “el pampa”. El pampa era un personaje, trabaja en otro sector, pero en la misma empresa que trabajábamos JJ y yo. El Pampa era un tipo muy divertido, súper gracioso, creo que por el solo hecho de tener una tonada cordobesa al hablar todo lo que decía me hacia reír como nadie. Era de esos tipos que tienen un chiste para todo, para cada ocasión, siempre hacía alguna acotación que me mataba. Ya de por sí era una especie de mutación porque nació en La Pampa (de ahí su sobrenombre) pero se crió desde muy chico en Córdoba, por eso tenía ese tono tan divertido al hablar.

Eso era el pampa: un tipo muy divertido.


En un momento, cuando tengo mi sándwich listo y agarro la bandeja para sentarme, miro hacia el comedor y sin querer mirar, veo la espalda de JJ que estaba en la misma mesa sentado frente al Pampa.

Por los espejos del fondo sé que me vió. Se le notó en la cara. El bufet estaba casi vacío así que seguro me había visto la espalda todo el tiempo mientras estuve parada en el mostrador. También me había visto el pampa, era lo único que tenía enfrente de él, además de la cara de JJ.

¡Que bronca me dio ver a JJ ahí! No tenía por qué estar en el bufet, ¡ya había almorzado! ¡Ah!, perdón, me olvidaba, ¡cierto! el productivo de la empresa bajaba a fumar cada cinco minutos.

Después, todo pasó en un solo segundo.

Con mi bandeja en mano, giro para ver dónde sentarme, JJ me clava la mirada y frunce un poquito el labio superior, intentando poner cara de mafioso, o bueno lo más cercano a una cara de mafioso. Toda la expresión de tu cara estaba acompañada por unos ojos achinados y, para mí, con toda esa mueca JJ me estaba diciendo por dentro: “tevió a matá, negra, tevió a matá”.

Para hacerme sentir más incómoda, JJ dice con una voz muy amable:


- Vení, vení Pau, sentate acá con nosotros. Pampa, ¿tomás un cortado conmigo? –el pampa asiente con la cabeza, yo voy caminando hacia la mesa, me siento y JJ le grita a Jorge-
- Jorgito, me vas preparando dos cortados que ya los busco.
- ¡Listo, nene!
- ¿Jorgito?
- ¿Qué? Decime pampa.
- El mío lo quiero en “tacita rosa”, ¿puede ser? –dijo el pampa con su tono cordobés, acompañado de una cómplice guiñadita de ojo-

Contuve la risa no sé cómo todavía.

Así, el pampa remató, sin saber, un momento algo tenso. A todo esto, yo trataba de tragar el sándwich que no me bajaba de la garganta. La cara de JJ daba muestras de no haber tomado como un chiste el comentario del pampa, seguramente pensaba que por culpa de “mis” pantalones color rosa él quedó como un pelotudo. 
Y, bue, "agua y ajo, macho" así dice mi abuela Merce cuando algo no te gusta. Al final, no pude pasar inadvertida como quería.


Eso si, hoy por hoy, creo lo siguiente: que el pampa era un excelente piropeador compulsivo brillante, que mis pantalones no eran para tamaño escándalo, que JJ era un pelotudo más allá de mi vestimenta y que esos pantalones color rosa todavía me quedan divinos o, como diría la abuela Merce, "pipí-cucú".

sábado, 8 de enero de 2011

Si al menos esbozaste una sonrisa.


Entonces este blog vale la pena, asi que, ¡gracias por leerlo!

Se dice de mí.

Así dicen que soy, parece que soy la malaprendida, la que siempre hace "lo que quiere", la que anda con "mala yunta", la desobediente, la ingobernable, la caprichosa, la contestataria, la oveja negra, la enrosquera y cocorita que se cree muy "viva" pero que en realidad siempre termina perdiendo. Soy la que "siempre dá la nota". En fin, así dicen que soy. Esto quizás sea solo la mirada de algunos. Los que me conocen saben que soy demasiado normal.

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Muy buenos blogs, haceme caso y leelos. No te hagas el malaprendido conmigo