No sé para qué es esto pero postié lo mas me gusta

jueves, 9 de septiembre de 2010

Las minas son descartables, sépanlo.


Situaciones como ésta que voy a contar hacen que no me importen absolutamente nada las minas. En casos así me voy de mí, empiezo a pensar en cualquier cosa, en el programa de Tinelli, en las vacaciones que me deben, o lo que es aún peor, en el promedio de River.

¿Quiero minitas fáciles? Cualquiera diría que sí, pero a veces, cuando están tan open, puedo asegurar que querés remarla un poco.

Todo comenzó por Facebook. La mujer de Martín me pasó el contacto de una amiga suya. Arrancamos bien: la minita estaba buena, así que después de revisarle todas las fotos le mandé para agregarla como amiga. Iba a mandarle un mail primero, pero me pareció muy formal, una huevada, no sé. De todas formas me aceptó, así que todo bien. Últimamente por Facebook conocí a bastantes minas, ¡no sé cómo no me hice una cuenta antes!

Cuando le conté a Martín las buenas nuevas casi se pega un síncope. Me pidió prácticamente de rodillas que la haga bien.

– ¡No te zarpes, no me hagas quedar mal!– me suplicó.
– Boludo, ¿alguna vez te hice quedar mal yo?
– Demasiadas veces, pajero.
– Yo también te quiero, forro.

Me parecía sensato hacerle caso; no hacerlo quedar mal con la jermu. Cuestión que la mina me termina aceptando y después de hablar dos huevadas por Facebook le pido el MSN. Era, después de todo, la senda correcta.

Gran error. Por MSN estuvimos como dos meses. Ya después de la primera semana no sabía de qué más hablarle, pero como me saludaba siempre y con buena onda, yo le hacía chistes con lo único que tenía a mano: sus fotos de Facebook. Me sentía un pelotudo, y como ella era buena y me explicaba por qué tenía las fotos que tenía en su perfil, me hacía sentir más pelotudo todavía. La rutina humillante se repitió mucho más de lo que yo hubiera querido.

Cuando llegó marzo, cansado, decidí mandar toda la corrección a la mierda y me tiré el lance de invitarla a salir. Si me aceptaba después de todos los papelones que había hecho por MSN, ya estaba. Aceptó.

Quedamos de salir un sábado en el que justo jugaba River a las siete. Yo ya tenía entradas para ir a la cancha con Willy, así que le propuse dársela a su hermano para que vayan juntos. Me respondió enseguida que no rompa los huevos, que cómo iba a dejar de ver a River por una minita, que me prometía que nos volvíamos –siempre íbamos en su auto, que está más baqueteado– ni bien terminaba el partido. Entré como un nabo, porque después del partido me hizo ir a una pizzería a tomar un porroncito –"dale, si lo tomás como agua", me dijo– que terminó convirtiéndose en tres Quilmes y media muzza con fainá. Patada al hígado mal.

Cuando por fin me tiró en casa me tuve que mandar dos vasos de Hepatalgina, y al toque tres chicles de menta mientras me bañaba a los apurones. Salí rajando. Decí que la mina vivía en Olivos y que yo me conocía la zona como la palma de mi mano por haber vivido toda la vida en San Isidro. Si no, no llegaba nunca. Igual llegué tarde y le mandé cualquier fruta de que me perdí, que hacía mil que no iba por la zona, que bla, bla, bla. Por lo visto me creyó.

Para esta altura tenía un tremendo revuelto gramajo en el estómago, producto de la muzza, y cero ganas de tomar. Le pregunté por cortesía a dónde quería ir y me dijo no se qué de un minicine. Podía llegar a morir si iba a una cosa así en mi estado, así que me hice el sota y le dije de ir al bolichito al que llevo a todas las minitas, que aparte es un golazo porque está cerca de casa, y si pinta onda ya estamos ahí. Casi no me sale, porque cuando íbamos por Panamericana, ya a punto de llegar, me dice de ir a otro que está por el centro, pero cuando le dije que al que íbamos estaba cerca de mi casa se copó y no tuvo drama. ¡Venía bien la cosa!

Obviamente llegamos y yo ni quería ver la carta. Le dije que se pida lo que quisiera que yo me tomaba un agua mineral, que tenía que manejar y que además al día siguiente entrenaba temprano. Corte responsable, para quedar bien. Aquél debe haber sido el primer domingo en que caí sin resaca a una práctica.

Ya sentados, empezamos a hablar. Como no salía charla de ningún tema terminé contándole sobre mi ex, de cómo me dejó, de sus mambos. Se la exageré un poco, pero la mina me escuchaba atenta, así que supongo que le interesaba el tema. A mí no; quería hablar de algo más picantón, ponerle sal al asunto. Después de media hora ya no sabía más qué contarle, y la flaca seguía firme como un poste, escuchándome. Ni que estuviera enamorada. "¡Listo, digo, acá hay que concretar!", así que salté al tema del sexo de una.

– Che Pau, y contame, ¿solés tener sexo en la primera cita?

Se puso roja, je. Después de un rato sin respirar me empezó a contestar despacio, con un tonito ratoneador mal.

– Y, no sé, depende.
– ¿Depende de qué?– retruqué con una sonrisa y acomodándome en la silla.
– ¡Ay, de tantas variables! ¡Tantas variables entran en juego!
– No te hagas la misteriosa, Pau, decime.
– Y, lo primero es que tome cerveza conmigo, por ejemplo.

Me estaba gozando. Me encantan las minas que hacen eso.

– ¿En serio? ¡Qué mala! Si me decías tomaba...
– No, tonto. Te estoy jodiendo. ¿Mira si va a ser en serio? Depende de la onda que se genere, ¿viste? Esas cosas se dan, pasan, se generan solas, no se fuerzan.

Ya no daba para más, estaba todo dicho y yo ya me estaba aburriendo no pudiendo tomar. Era el momento de hacer el avance, pero no era el lugar.

– Claro, obvio, tenés razón. ¿Qué te parece? ¿Vamos ya, Pau, o querés tomar algo más?
– No, dale, vamos– Se venía el gol.

Cuando íbamos caminando hacia el auto, me pareció notar que estaba nerviosísima. Es algo que siempre me da risa, porque nadie sabe bien qué decir en circunstancias así. Preferí hacerla corta y sin cursilerías –tipo miraditas, caricias y esas boludeces– porque la mina obviamente no daba más de la vergüenza. Ni bien nos metimos en el auto le chanté un beso.

Lo que viene ahora es lo inexplicable: estábamos dándonos unos besos riquísimos y de repente la mina me corta en seco y me dice de ir yendo. "¡Fa, la tenés loca, taitan!", me felicité. Como quien ya sabe de la cosa, le digo que está bien, que nos vamos para casa, a lo que me responde que no, que quiere ir... ¡al río! ¿Qué quería ir a hacer al río, digo yo, con la cantidad de mosquitos que había? Sin entender mucho, acepto y agarro Libertador de vuelta.

El silencio en el auto era sepulcral y me hizo volver a acordar de la práctica del día siguiente, de la muzza con fainá que tenía atorada en el estómago, y de la cantidad de mosquitos que me estaban esperando en el río. Estaba maquinando a full.

Como estaba francamente en cualquiera, le mandé de vuelta el verso de que estaba perdido en esa zona de la ciudad, etcétera, y le pedí que me guíe. Por un buen rato no le presté demasiada atención, pero de alguna logré ir haciéndole caso. Hasta que en un instante –no sé cómo hice para escucharla– me dijo que tome Corrientes así de paso me mostraba dónde estaba su casa. Y se me salió la cadena. ¿Su casa? ¿Quería ir al río pero me estaba mostrando dónde estaba su casa? ¿En qué quedamos? ¿Quién las entiende a estas mujeres? Oficialmente me chupaba un huevo todo.

La verdad, a esa altura de la noche no sabía si tenía chances o no con la minita. Sabía, solamente, que ya no me importaba otra cosa que dormir, despertarme bien al día siguiente con la cabeza despejada, y disfrutar sobrio de una práctica. Se lo planteé.

– ¿Sabes que, Pau?
– Decime.
– ¿No te enojas si te dejo en tu casa ahora?
– No, está todo bien, pero contame, decime la verdad, total es la primer vez que nos vemos. ¿Qué te paso tan de repente?

Se quedó mirándome como suplicándome una explicación. Pero me estaba preguntando algo en NTSC y yo ya estaba en PAL-N. Le respondí sin filtros.

– Es que me acordé que mañana entreno más temprano que de costumbre y no quiero ir arruinado. Podemos salir otro día si te parece. Ir a cenar, si querés...
– Sí, sí. No hay drama, dale. Me decís y salimos. Mirá, es acá, doblá acá que justo está mi casa.
– Bueno, te llamo entonces.
– Dale, chau, chau, ¡suerte mañana con tu entrenamiento! Y llamame, ¡dale!

Bip-bip, la saludé con la bocina mientras entraba a su casa. Quizá, en una de ésas, algún día, ordenando, encuentre el papelito donde anoté su teléfono.


Autor: Matías elpavimento.blogspot.com o seguilo en Twitter @mgurmen 

10 comentarios:

  1. Copado conocer la versión del pibe jajaja, quedó como un santo, con la de anoche me re indigne, posta, jaja.
    Beso Pauu, y ahora me emto al blog del pibe éste (:

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  2. Increible, buenisima la sorpresa, la idea es lo mas!! Son Gardel y Lepera!!

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  3. Me encantó (al final es cierto, nosotras somos unas drmáticas)

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  4. Me encantó!! Cierto que cuando una sale con un tipo, él también piensa... Muy bueno, me gustó mucho

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  5. Un forro!!! repito... Zafaste Jime, como zafaste, hay que tener cuidado con estos boludos importantes.

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  6. Muy bueno. Hay que tener en cuenta que en las relaciones humanas se basan en una serie de coincidencias, algunos coinciden en disfrutar de una cenas, otros de ir a bailar y otros de saber que nunca mas le va a ver la cara al otro.
    En fin.... coincidieron en lo último.
    jajaja
    saludos

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  7. Jajaja Pau no lo puedo creer!!! Hay que darle algo de mérito a este salame....no escribe tan mal después de todo! Que gracioso que fue leer la otra versión! Te felicito, tu blog es lo más. Besotesss.

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  8. excelentísimo!!!! pocas veces leída esa mirada masculina del momento clave ¿cama o no cama?

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Un Malaprendido de verdad, opina.

Se dice de mí.

Así dicen que soy, parece que soy la malaprendida, la que siempre hace "lo que quiere", la que anda con "mala yunta", la desobediente, la ingobernable, la caprichosa, la contestataria, la oveja negra, la enrosquera y cocorita que se cree muy "viva" pero que en realidad siempre termina perdiendo. Soy la que "siempre dá la nota". En fin, así dicen que soy. Esto quizás sea solo la mirada de algunos. Los que me conocen saben que soy demasiado normal.

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Muy buenos blogs, haceme caso y leelos. No te hagas el malaprendido conmigo